Al escuchar la palabra “carenciados”,
indefectiblemente la asociamos a pobreza, marginalidad, falta de medios
económicos y materiales. Esos carenciados están atendidos
socialmente por estructuras gubernamentales afines, las iglesias y
asociaciones no-gubernamentales que atienden e intentan paliar la situación,
muchas veces, desesperante de las familias de nuestro país.
Pero existe una gran franja de seres humanos que podríamos
denominar “carenciados afectivos”. ¿Quiénes
forman parte de ella? Son aquellas personas que sienten el desamparo,
la incomprensión, la soledad. Personas de buena posición
económica, que no pueden (tal vez, porque no saben cómo
hacerlo), insertarse en determinada sociedad. Ya sea debido a traslados
laborales, familiares, etc. esas personas llegan a nuestra ciudad con
ilusiones, con deseos de una vida mejor, buscando oportunidades, tranquilidad
y paz. Y se encuentran solos. Sus familiares han quedado a kilómetros
de distancia. Sus amigos también. Les cuesta insertarse en la
sociedad.
Otras personas que forman parte de este grupo, son aquellas que sufren
la incomprensión de sus seres queridos. Padres que no comprenden
a sus hijos, hijos que no entienden a sus padres, hermanos que no se
respetan, amigos que se traicionan... ellos también sienten
el vacío, el sentimiento de “no encajo aquí”. ¿Quién
puede ayudarme? –se preguntan. Como la carencia no es de dinero,
se sirven de él para atenuar su situación. Entonces gastan
su dinero en compras compulsivas, y generalmente, innecesarias. Hasta
que llega la revisión interior y se encuentran con su propio
y desolado vacío...
Y no saben dónde acudir. ¿Quién las contiene?
Psicólogos, psiquiatras y médicos, pues muchos llegan
a somatizar sus carencias afectivas, enfermando su cuerpo y su mente.
Y después, ¿qué? ¿Cómo llenan el
vacío de afectos, de comprensión, de respeto?
Cuando comencé esta carrera de “escuchar” el corazón
de seres que sufren diferentes necesidades afectivas y decidí publicar
un libro, sólo tuve frente a mí personas adultas, de
mi edad y más también. Pensé que esa “sensación” de
carencia se debía a la denominada “crisis de los 40”,
o la “menopausia”, o la revisión de vida que hacen
los hombres a cierta edad... Pero me equivoqué. Esta carencia
está presente en cualquier edad y no discrimina sexo, raza,
condición económica, cultural o social.
Asistimos a una joven de sólo 23 años... hija de una
familia de clase media, padres jóvenes, hermanos, abuelos...
Sin embargo se sentía sola. Incomprendida. Deambulaba sin rumbo
fijo, desconcertada. Esta soledad, la llevó a inmiscuirse en
círculos de personas que no la ayudaban, más bien la
alejaban de su verdadero yo. Acudió a videntes, brujas y toda
clase de consultas esotéricas, llegando a perder su “centro”.
Y pasó situaciones muy feas...
Por eso, invito a padres, hijos, gobernantes, docentes, amigos, vecinos...
a que miremos nuestro interior y paremos la pelota del tiempo, de la
máquina de hacer dinero, silenciemos nuestra mente y escuchemos
a quienes nos rodean. ¿Qué necesitan mis hijos? ¿Qué puedo
hacer por mi hermano? Sólo escuchemos... Para comenzar, eso
sólo basta. Pero hagámoslo desde el corazón, librándonos
de las miserias humanas, de nuestros egoísmos, de nuestros deseos
de poseer.
Vale la pena. En amor incondicional... hasta la próxima.