La información cotidiana golpea sin piedad con una realidad
que la modernidad ha dejado a la vista: La protección a la niñez
que los adultos, y el estado como sustituto de carencias deberían
ejercer está en muchos casos, bastante mas que los imaginados,
absolutamente ausente.
¿Ocurren mas casos o, la gente hoy denuncia mas?, se (nos) preguntaba
la prestigiosa Eva Giberti, advirtiéndonos de los riesgos de
quedar entrampados en las posibles respuestas.
Siempre hubo abusos y maltratos e indudablemente se denunciaba menos
pero esto no habilita a quedarnos tranquilos ante hechos que “en
definitiva siempre ocurrieron”, ni mucho menos a serenar nuestras
conciencias diciéndonos que hoy la sociedad enfrenta esta problemática
pues lo cierto es que esto sigue pasando, las intervenciones de la
justicia son pocas y las condenas mucho menos aún.
La historia de la niñez es en definitiva la historia misma
del abuso sexual y el maltrato. Un observador desprevenido, que no
debería haberlo, se sorprenderá al comprobar que la mayoría
de estas situaciones se dan en el ámbito familiar, y que en
el caso de abuso sexual infantil suele ser el padre quien en no pocas
oportunidades ha violado a su hija o hijo. Estos hechos tienen como
agravante la imposición del silencio de la víctima que,
ante la obligación de guardar el secreto por miedo, vergüenza
o culpa va deteriorando su vida psíquica de modo tal que las
consecuencias en la adultez, son devastadoras. Se produce una doble
situación traumática. Por un lado la permanente tensión
al estar a merced del abusador no permite ningún tipo de alivio,de
la misma forma que tampoco tiene acceso al proceso de relajación que
sigue a la puesta en palabras de los actos de sumisión, humillación
y abuso que padece.
El tema del maltrato físico y psíquico tiene algunas características
que lo distinguen del anterior.
En primer lugar está más naturalizado. A poca gente le sorprende
que en la familia el golpe o la humillación sean un auxiliar de las
técnicas educativas, y en ocasiones la técnica en sí misma.
Con el mismo desparpajo la escuela, hasta no hace demasiado tiempo hacía
de esta metodología un culto: Basta para recordar, los tirones de orejas,
golpes con el puntero o arrodillarse encima del maíz como formas cotidianas
de resolver las cuestiones con los “niños problema”, que
conllevaban el mensaje agregado, de escarmentar al resto.
La doctrina que sustenta estas actitudes es una construcción ideológica
vigente, conocida como patriarcado, absolutamente presente y naturalizada en
todos los estamentos de la sociedad y que apunta a consolidar la supuesta superioridad
del hombre sobre las mujeres, y por extensión a los niños, lo
cual habilita al macho de la especie a disponer de los otros pues han sido
puestos en el mundo para servirle.
Cuando se baja esta ideología hacia las cuestiones cotidianas puede
observarse con que naturalidad se fundamentan las conductas golpeadoras tanto
desde un cierto humor hasta análisis psicológicos basados en
la justificación falaz de todas las provocaciones que empujaron al hombre
hacia la ira que inevitablemente desembocó en golpiza.
Un “chiste” popular afirma que probablemente un hombre no sepa
porque le pega a una mujer pero que ella seguramente sabrá que se lo
tiene merecido.
Esta desvalorización acompañada del natural derecho a apropiarse
del cuerpo de la mujer es automáticamente deslizado hacia los niños,
tema del que nos ocuparemos mas adelante.