Lic. Daniel Eduardo Egea
 
AQUELLOS TEMORES QUE LIMITAN LA ACTIVIDAD DEL NIÑO

 



“Ya no sé que hacer con mi hija, empezó primer grado y cada vez que nos acercamos a la escuela se angustia, se tira al suelo a llorar y no hay forma de hacerla entrar”, ¡cómo poder explicar esta conducta en una niña que no presenta problemas en otras áreas?.

Si le preguntamos a la niña acerca de los motivos que le impiden asistir a la escuela sin angustiarse, no logrará darnos una respuesta que nos ayude a comprender sus razones. Es que la niña no podrá explicar aquello que no conoce, al menos en forma consciente. De ahí que toda “receta” acerca de cómo poder enfrentar el problema será inoperante, como por ejemplo premiarla si concurre, estimulando muchas veces el recrudecimiento de la manifestación adversa. Entendiendo que se trata de una fobia escolar, la consecuencia es clara: la limita socialmente, observando por lo general, como sintomatología asociada: nerviosismo, importante aprehensión y en algunos casos, la asociación con síntomas físicos (dolor de estomago,etc).

Es importante enunciar características diferenciales entre: fobia, angustia difusa y miedo. Mientras que la fobia está ligada a un temor injustificado y no razonable ante objetos (escuela, etc.) seres (animales, etc.) o situaciones (a los truenos, etc. ) en las cuales el niño reconoce lo ilógico de aquel temor (...sé que la maestra es buena y en la escuela no me va a pasar nada malo), en la angustia difusa no aparece la referencia a algún objeto o situación particular, mientras que el miedo responde a un peligro real, como por ejemplo el temor a las alturas. Conocer esto es importante para poder determinar las causas y consecuencias de los temores que se presentan en los niños. Cuando se trata de una fobia específica, habrá que tener en cuenta que el niño ha logrado desplazar el miedo que le genera un objeto o determinada situación hacia otro objeto o situación más inofensiva.

Una característica esencial de la fobia consiste en que, de no resolverse a tiempo tiende a agravarse, ampliarse y cronificarse, limitando cada vez mas al niño en las distintas actividades. Así por ejemplo, un niño que comienza a expresar temor intenso ante los perros grandes, luego podrá extender sus miedos a todos los perros incluidos los pequeños, para en un tercer momento, comenzar a temer otro tipo de animales, esto generará que no pueda acudir a casa de familiares y amigos que tengan perro.

La extensión de los temores, implica un retraimiento cada vez mayor a la vez que obliga al niño a manejarse con conductas evitativas para intentar no toparse con el objeto fobígeno o bien requerirá de la construcción de un objeto contrafóbico que le permita enfrentar aquello que teme (por ejemplo, en el caso que describimos el niño se asegurará, de tener permanentemente un elemento para su defensa, generando una crisis de angustia si ese elemento en particular es extraviado).

Todo esto requiere un enorme gasto de energía psíquica, sin poder resolver la causa primera de esta sintomatología, lo cuál obligará a sostener el problema en forma permanente, si bien es posible que el objeto fóbico sea modificado sucesivamente a lo largo del desarrollo del niño. El objeto fóbico tiene, pues, un valor sustitutivo; no es más que el disfraz simbólico de lo que reemplaza, por lo tanto puede modificarse y agravarse con relativa facilidad. Entendiendo la manifestación de una fobia como una construcción sintomática, habrá que tener en cuenta que es importante consultar ante la persistencia de la misma, dando la oportunidad al niño a poder poner este conflicto en palabras.

Así es que, conociendo la génesis del problema, podrá encontrar los mecanismos necesarios para su resolución. Por otro lado, todo el grupo familiar encontrará “el sentido” a aquello que de otra manera no puede manejar. ". Hay dos clases de fobias: una más leve y otra más grave. Los de la primera clase desde luego sufrirán angustia cada vez que anden solos por la calle pero no por ello dejan de hacerlo. Los de la segunda clase "se protegen de la angustia renunciando a andar solos".

Cuando aparecen crisis de angustia, sin la necesidad que se presente un objeto o situación determinada, es importante tener en cuenta que estos temores difusos sostienen, como en el caso de la fobia específica, un conflicto intrapsíquico que deberá ser resuelto con la ayuda de un psicoterapéuta de niños. En general las manifestaciones de angustia suelen coexistir con trastornos del sueño, insomnio en particular, trastornos del apetito, trastornos respiratorios, digestivos o cardíacos.

Este tipo de manifestaciones es mas frecuente en el período prepuberal. En cambio los miedos se diferencian de las manifestaciones descriptas, ya que responden a situaciones reales y hace, muchas veces al desarrollo afectivo normal en el infante. Desde su nacimiento surgirán temores comunes a todos los niños, como la angustia del octavo mes, el miedo ante extraños, el miedo que genera comenzar a dormir sólo, los cambios familiares, los temores que surgen de la fantasía de dejar de ser queridos, etc.

Cuando comienza con la deambulación a explorar el mundo, surgirán temores de desprotección si se aleja mucho de la mamá, recordemos que en esta época el niño entiende que un objeto que no puede ver, desapareció, hasta reconocer que aquello que desaparece puede volver a hacerse presente, de ahí la necesidad de jugar a alejarse y volver permanentemente, reasegurando la presencia de la madre, pudiendo entenderse como el temor que le genera el dominio del espacio y su creciente autonomía. Esto ocurre durante los primeros meses de vida y hasta el comienzo del jardín de infantes (salita de tres), época donde el niño ya ha podido internalizar la imagen de la madre (o de quien sustituye esa función), no requiriendo imperiosamente de su presencia física, hasta culminado el proceso de adaptación del jardín.

Por ello no es aconsejable el alejamiento prolongado de la madre antes del tercer año, ya que hasta los 36 meses el infante no se encuentra maduro para poder funcionar como un ser totalmente independiente, pero como la vida moderna y las necesidades económicas llevan a modificar esta regla, existen estrategias que permitirán al infante poder soportar esta ausencia sin mayores consecuencias...

El niño seguirá creciendo a partir de exponerse a los temores y resolverlos en los períodos evolutivos adecuados a cada edad. En estos primeros años toda modificación a la rutina familiar generará temores, como por ejemplo, una mudanza, el nacimiento de un hermano, la separación de los padres, cambio de maestra, etc. En el dormir, de 1 a 3 años los miedos y los rituales para conseguir el sueño son muy frecuentes, incrementándose estos temores entre los dos años y medio y los tres y se mantienen hasta los cinco, o más (el niño pide tener la luz encendida).

Aparecerán sucesivamente, temores a sombras, fantasmas, ladrones escondidos. Estos suelen ser miedos pasajeros que el niño podrá superar con la ayuda de los padres. Si estas manifestaciones normales se prolongan en el tiempo o generan algunas de las sintomatologías descriptas como manifestaciones de angustia, será necesario consultar con su pediatra.

Daniel Eduardo Egea. Psicólogo Clínico Infanto-juvenil. Jefe Departamento de Psicología Fundación Dr. Mario Socolinsky