“Ya no sé que hacer con mi hija, empezó primer
grado y cada vez que nos acercamos a la escuela se angustia, se tira
al suelo a llorar y no hay forma de hacerla entrar”, ¡cómo
poder explicar esta conducta en una niña que no presenta problemas
en otras áreas?.
Si le preguntamos a la niña acerca de
los motivos que le impiden asistir a la escuela sin angustiarse,
no logrará darnos una respuesta que nos ayude a comprender sus
razones. Es que la niña no podrá explicar aquello que
no conoce, al menos en forma consciente. De ahí que toda “receta” acerca
de cómo poder enfrentar el problema será inoperante,
como por ejemplo premiarla si concurre, estimulando muchas veces
el recrudecimiento de la manifestación adversa. Entendiendo
que se trata de una fobia escolar, la consecuencia es clara: la limita
socialmente, observando por lo general, como sintomatología
asociada: nerviosismo, importante aprehensión y en algunos
casos, la asociación con síntomas físicos (dolor
de estomago,etc).
Es importante enunciar características diferenciales
entre: fobia, angustia difusa y miedo. Mientras que la fobia está ligada
a un temor injustificado y no razonable ante objetos (escuela, etc.)
seres (animales, etc.) o situaciones (a los truenos, etc. ) en las
cuales el niño reconoce lo ilógico de aquel temor (...sé que
la maestra es buena y en la escuela no me va a pasar nada malo),
en la angustia difusa no aparece la referencia a algún objeto
o situación particular, mientras que el miedo responde a un
peligro real, como por ejemplo el temor a las alturas. Conocer esto
es importante para poder determinar las causas y consecuencias de
los temores que se presentan en los niños. Cuando se trata
de una fobia específica,
habrá que tener en cuenta que el niño ha logrado desplazar
el miedo que le genera un objeto o determinada situación hacia
otro objeto o situación más inofensiva.
Una característica
esencial de la fobia consiste en que, de no resolverse a tiempo tiende
a agravarse, ampliarse y cronificarse, limitando cada vez mas al
niño
en las distintas actividades. Así por ejemplo, un niño
que comienza a expresar temor intenso ante los perros grandes, luego
podrá extender sus miedos a todos los perros incluidos los
pequeños,
para en un tercer momento, comenzar a temer otro tipo de animales,
esto generará que no pueda acudir a casa de familiares y amigos
que tengan perro.
La extensión de los temores, implica un
retraimiento cada vez mayor a la vez que obliga al niño a
manejarse con conductas evitativas para intentar no toparse con el
objeto fobígeno o
bien requerirá de la construcción de un objeto contrafóbico
que le permita enfrentar aquello que teme (por ejemplo, en el caso
que describimos el niño se asegurará, de tener permanentemente
un elemento para su defensa, generando una crisis de angustia si
ese elemento en particular es extraviado).
Todo esto requiere un
enorme gasto de energía psíquica, sin poder resolver
la causa primera de esta sintomatología, lo cuál obligará a
sostener el problema en forma permanente, si bien es posible que
el objeto fóbico sea modificado sucesivamente a lo largo del
desarrollo del niño. El objeto fóbico tiene, pues,
un valor sustitutivo; no es más que el disfraz simbólico
de lo que reemplaza, por lo tanto puede modificarse y agravarse con
relativa facilidad. Entendiendo la manifestación de una fobia
como una construcción
sintomática, habrá que tener en cuenta que es importante
consultar ante la persistencia de la misma, dando la oportunidad
al niño a poder poner este conflicto en palabras.
Así es
que, conociendo la génesis del problema, podrá encontrar
los mecanismos necesarios para su resolución. Por otro lado,
todo el grupo familiar encontrará “el sentido” a
aquello que de otra manera no puede manejar. ". Hay dos clases
de fobias: una más leve y otra más grave. Los de la
primera clase desde luego sufrirán angustia cada vez que anden
solos por la calle pero no por ello dejan de hacerlo. Los de la segunda
clase "se
protegen de la angustia renunciando a andar solos".
Cuando aparecen
crisis de angustia, sin la necesidad que se presente un objeto o
situación
determinada, es importante tener en cuenta que estos temores difusos
sostienen, como en el caso de la fobia específica, un conflicto
intrapsíquico que deberá ser resuelto con la ayuda
de un psicoterapéuta de niños. En general las manifestaciones
de angustia suelen coexistir con trastornos del sueño, insomnio
en particular, trastornos del apetito, trastornos respiratorios,
digestivos o cardíacos.
Este tipo de manifestaciones es mas
frecuente en el período prepuberal. En cambio los miedos se
diferencian de las manifestaciones descriptas, ya que responden a
situaciones reales y hace, muchas veces al desarrollo afectivo normal
en el infante. Desde su nacimiento surgirán temores comunes
a todos los niños,
como la angustia del octavo mes, el miedo ante extraños, el
miedo que genera comenzar a dormir sólo, los cambios familiares,
los temores que surgen de la fantasía de dejar de ser queridos,
etc.
Cuando comienza con la deambulación a explorar el mundo,
surgirán temores de desprotección si se aleja mucho
de la mamá, recordemos que en esta época el niño
entiende que un objeto que no puede ver, desapareció, hasta
reconocer que aquello que desaparece puede volver a hacerse presente,
de ahí la necesidad de jugar a alejarse y volver permanentemente,
reasegurando la presencia de la madre, pudiendo entenderse como el
temor que le genera el dominio del espacio y su creciente autonomía.
Esto ocurre durante los primeros meses de vida y hasta el comienzo
del jardín de infantes (salita de tres), época donde
el niño ya ha podido internalizar la imagen de la madre (o
de quien sustituye esa función), no requiriendo imperiosamente
de su presencia física, hasta culminado el proceso de adaptación
del jardín.
Por ello no es aconsejable el alejamiento prolongado
de la madre antes del tercer año, ya que hasta los 36 meses
el infante no se encuentra maduro para poder funcionar como un ser
totalmente independiente, pero como la vida moderna y las necesidades
económicas llevan a modificar esta regla, existen estrategias
que permitirán al infante poder soportar esta ausencia sin
mayores consecuencias...
El niño seguirá creciendo
a partir de exponerse a los temores y resolverlos en los períodos
evolutivos adecuados a cada edad. En estos primeros años toda
modificación
a la rutina familiar generará temores, como por ejemplo, una
mudanza, el nacimiento de un hermano, la separación de los
padres, cambio de maestra, etc. En el dormir, de 1 a 3 años
los miedos y los rituales para conseguir el sueño son muy
frecuentes, incrementándose
estos temores entre los dos años y medio y los tres y se mantienen
hasta los cinco, o más (el niño pide tener la luz encendida).
Aparecerán sucesivamente, temores a sombras, fantasmas, ladrones
escondidos. Estos suelen ser miedos pasajeros que el niño
podrá superar
con la ayuda de los padres. Si estas manifestaciones normales se
prolongan en el tiempo o generan algunas de las sintomatologías
descriptas como manifestaciones de angustia, será necesario
consultar con su pediatra.
Daniel Eduardo Egea. Psicólogo Clínico Infanto-juvenil.
Jefe Departamento de Psicología Fundación Dr. Mario Socolinsky