Los debates sobre temas de gran sensibilidad social deben
ser tratados buscando un eje en común, al cual aporten los sectores involucrados
intentando lograr puntos de equilibrio, los que luego, quedarán
plasmados en la normativa.
Desde hace un tiempo el tema del aborto, ocupa el centro de la escena
nacional con posiciones aparentemente irreconciliables. Esto sucede
porque el aborto no es un tema con eje único, entonces naturalmente,
cada sector construye su aparente verdad sin considerar las otras razones,
porque ambas son independientes y pueden subsistir por si mismas.
Uno de esos ejes, se materializa desde los dogmas. Las religiones,
tanto en teología como en liturgia, condenan severamente el
aborto y se oponen a su normatización. El otro eje tiene origen
en la ciencia, quien sin transgredir cuestiones éticas, considera
que reglar el aborto pondrá fin a cientos de muertes, producto
de la impericia en acciones paramédicas clandestinas.
No cabe ninguna duda sobre el paralelismo de los credos con la
ciencia, es imposible imaginar algún punto de contacto entre ambos, más
allá del tema que circunstancialmente se trate. Pero no es menos
cierto, que el estado no puede admitir ingerencias de las religiones
sobre temas estrictamente científicos, a riesgo de transformarse
en una teocracia.
Las declaraciones de un obispo, de alto contenido inquisidor, proponiendo
el sacrificio de un Ministro por su inclinación a reglar el
aborto, demuestran el inútil desgaste que supone la morosidad
de nuestros representantes en crear las leyes que la sociedad está exigiendo.
Un estado laico debe establecer programas y leyes que contengan a todos
los ciudadanos, más allá de su credo. Una reproducción
responsable, educar sobre enfermedades de transmisión sexual
y garantizar una atención profesional de la salud en los casos
que autoricen las normas, son obligaciones irrenunciables en el estado
de derecho.
La religiones y sus conducciones deberán entender que es responsabilidad
de sus fieles acatar los preceptos de las sagradas escrituras y abstenerse,
en lo personal, de utilizar lo que las leyes, de contenido absolutamente
científico, autorizan.
No soy partidario del aborto, considerando, además, que sólo
tienen autoridad para discutir sobre el tema quienes pueden experimentar
la concepción, es decir, las mujeres, pero me exasperan los
neo inquisidores que retoman recetas del siglo XIII, en este caso integrantes
de la Iglesia Católica, pero en prácticas abominables,
ningún credo queda exento de un maniqueísmo insoportable.
Entonces, como no coincidir con Carlos Marx y su inteligente precisión: “Las
religiones son el opio de los pueblos”.
Jorge Fernández Campón es el Presidente
del Centro Comercial, Profesional y de Servicios de Villa Carlos
Paz.